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25 octubre 2005

ZP y los ídolos rojos

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Rojo por fuera, rojo por dentro, pero el
comunismo sigue sin madurar.
Ahora se cosecha fuera de tiempo.


Es muy triste pero no desisten de ello. Qué triste no tener más que a golfos y canallas para elevar a sus altares y sin embargo alardean y parecen orgullosos de hacerlo.

La Universidad se ha convertido en el podium de los ganadores de izquierda y aunque sean tan inmerecidos ganadores como los atletas que se dopan, no dudan en subirlos a lo más alto. El problema es que al elevarlos tanto, desde todas partes pueden verse sus taras en lugar de los valores que deberían adornarles y convertirles en ejemplos a seguir.

Fue la Universidad la que nombró Doctor Honoris Causa al dictador comunista alemán Eric Honecker –último Presidente de la República Democrática de Alemania– pocos meses antes de la caída del Muro y de la liquidación de su infame régimen.

También fue la Universidad la que concedió a Sadam Hussein la medalla de la Universidad Complutense. Al igual que Carrillo, seguramente los méritos no fueron otros que el asesinato de miles de compatriotas y por ser el único mandatario que ha usado armamento químico contra civiles de su propio país, los kurdos y chiítas.

La Universidad fue también la que otorgó el mismo doctorado a Mario Conde, el probo ciudadano que estafó miles de millones de Banesto y terminó en la cárcel por diversas estafas, apropiaciones indebidas y falsificación de documentos, todo ello aliñado con maquillajes contables destinados a camuflar las pérdidas en que hizo incurrir al Banco con la finalidad de no tanto para enriquecerse –lo “distraído” del patrimonio del banco no es, probablemente, una parte sustancial del patrimonio de Conde– sino de comprar voluntades políticas y, quien sabe, títulos y honores universitarios.

Finalmente y como colofón de una lista bastante más amplia de incalificables personajes ensalzados por la izquierda a falta de otros, se ha investido Doctor Honoris Causa a Santiago Carrillo Solares, un personaje que, tras la desclasificación de los documentos soviéticos y las nuevas aportaciones de historiadores independientes, aparece como el máximo responsable de la mayor masacre de la historia contemporánea española.

Carrillo permitió atrocidades que los españoles ganadores de la guerra no han querido divulgar durante décadas en aras de una deseada paz, aunque tal olvido voluntario no ha sido correspondido por la izquierda que hoy todavía, después de 65 años de terminada la guerra, sigue invocando los asesinatos franquistas que, al parecer, fueron los únicos cometidos.

Un simple recordatorio –hay millones de documentos sobre la barbarie roja– de lo que hacía el socialismo y comunismo comandado por Carrillo. Una de sus actividades era lanzar a sus agentes sobre personas de gran indiferencia política y las asustaban diciéndoles que los nacionales estaban para entrar y que era conveniente que se alistaran en Falange para encontrarse garantizados a la llegada del Ejército franquista. Cuando por este procedimiento reunían ciento cuarenta o ciento cincuenta personas, entregaban las listas a los comisarios políticos y decían que habían detenido a una Bandera completa de Falange... Eran ejecutados.

Pero si los supuestos méritos de Carrillo, además de los citados, se fundamentan en la transición, habrá que recordar también que la transición la hizo el pueblo español que quería olvidar y vivir en paz y no Carrillo, representante de un ideal en extinción y de un partido caduco, minoritario e ilegal que no tenía futuro y menos para influir en el desarrollo de España. Ahora se le galardona y honra como si aquella transición ejemplar hubiera sido mérito suyo. Se ha sobrevalorado la importancia de Carrillo en la transición democrática. La realidad es que se trataba de alguien irrelevante para la actualidad política española de 1977, olvidado y en exilio, compartiendo mesa con otro de los grandes genocidas europeos, el dictador comunista rumano Nicolae Ceausescu. Ya hemos visto que el comunismo europeo, a excepción de las células residuales y nostálgicas que sobreviven como pueden, ya no tiene influencia alguna sobre el futuro. Ya no la tenía entonces.

Sin duda la Universidad española tiene debilidad hacia genocidas como Carrillo, Sadam o Castro. Carrillo fue el responsable, si no el inductor, del genocidio perpetrado en Paracuellos y debería ser juzgado y encarcelado por ello en lugar de ser honrado con tales distinciones.

Pero, está claro, estos doctorados carecen de prestigio académico y del reconocimiento ciudadano, además de cualquier relevancia moral e intelectual. Se trata de algo que compra quien carece de méritos para recibirlo por sus merecimientos intelectuales, cívicos o morales, o algo que la "élite" universitaria regala a los suyos aun con méritos tan indignos como los citados, con la única finalidad de crear una casta de ídolos contemporáneos que alimenten la utópica superioridad cultural de la izquierda.

ZP saca a relucir todavía a los nostálgicos del franquismo y arremete contra ellos mientras los nostálgicos del comunismo campan a sus anchas. Los discípulos de Marx siguen ahí y lo mismo les vemos homenajear al etarra Ternera que al carnicero de Paracuellos. Ellos tienen libertad y apoyo para hacerlo.

La gente, indiferente, pero no es culpa suya. El dicho sentencia que "El público demanda lo que se le hace querer" y en ese sentido, el influjo mediático y el adoctrinamiento durante años ha hecho querer a muchos que en España nos gobiernen los peores ideales y los más detestables políticos.

¿No tienen gente honrada que sin discusión merezcan tales honores?

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